I Samuel 6.1-11; I Crônicas 13.1-14
Cuando Tocamos la Presencia De Dios
Un joven creció literalmente a la sombra del objeto más sagrado de Israel... hasta que un instante de buena intención le costó la vida. La historia de Uzá y el Arca del Pacto es una advertencia incómoda sobre lo que pasa cuando nos acostumbramos tanto a la gloria de Dios que dejamos de temerla. ¿Qué tienen en común un rey que quiso agradar a todos, un guardián que confió en sus buenas intenciones, y nosotros hoy? Este estudio conecta el Arca con Jesús mismo, y te deja una pregunta que no es fácil de sacudir: ¿alguna vez hemos tocado indebidamente la presencia de Dios?
Publicado el 2 de julio de 2026
# Cuando tocamos la presencia de Dios, ¿qué sucede?
- ¡Somos transformados! ¡Quedamos ebrios del Espíritu! ¡Siento un fuego que quema mi interior! ¡Puedo oler el perfume del cabello de Jesús!
Seguramente ya has escuchado respuestas así… Yo también he escuchado varias, y algunas aún más “extravagantes”. Con el crecimiento del evangelio, la explosión de los medios gospel y el lucrativo mercado consumidor cristiano, se ha hablado mucho sobre alabanza, adoración, y sobre invertir en esa área. Las mega iglesias han contribuido significativamente con mega congresos, mega encuentros y mega comunión con Dios, con una mega intimidad poderosa. Pero, ¿qué dice la Palabra respecto a esa excéntrica cercanía, a veces irreverente, que se ha visto en nuestras iglesias, dentro y fuera de Brasil?
Tuve el privilegio de crecer en un hogar cristiano, y desde muy pequeño conocí y estudié la Palabra de Dios. Un pequeño personaje, con apenas tres letras en su nombre, me intrigaba profundamente: UZÁ. Para entender su contexto, retrocedamos un poco en la historia:
Dios había escogido a los israelitas como pueblo santo, por medio del patriarca Abraham (Génesis 12:1-3). Sus descendientes vivían como esclavos en Egipto, y fueron liberados (Éxodo 6:6-7). Dios habitó entre ellos y les dio parámetros de santidad e integridad, apartándolos de los demás pueblos de la tierra (Levítico 20:26). Les dio una tierra para que habitaran y allí lo adoraran (Josué 21:43-44). Dios puso un rey sobre ellos, y se consolidaron como nación (1 Samuel 8:10-17). Cuando aún vivían como nómadas en el desierto de Sinaí, habitaban en tiendas; y el Dios todopoderoso decidió habitar también en una tienda, llamada TABERNÁCULO. Esta tienda tenía muchos utensilios y mobiliarios, pero había uno en especial:
**El Arca del Pacto**
Ese artefacto era el más sagrado de todos, representaba la presencia de Dios y, como su propio nombre lo indica, el pacto de Dios con su pueblo. Era de madera de acacia, cubierta de oro por dentro y por fuera. Su tapa se llamaba el PROPICIATORIO, esculpida con la figura de dos querubines, uno frente al otro, cubriendo sus rostros con sus alas, tocándose con sus puntas. Allí el sumo sacerdote derramaba la sangre de un cordero inmaculado, una vez al año, durante la fiesta llamada “Yom Kipur”, el día de la expiación del pecado de toda la nación. El arca siempre iba delante del pueblo en sus peregrinaciones y sus batallas, mostrando que dondequiera que fueran, la presencia de Dios iba primero, y los enemigos veían con quién iban a enfrentarse: no simplemente con un pueblo, sino con el SEÑOR de los ejércitos. Dentro del arca había tres objetos:
- **LAS TABLAS DE LA LEY:** escritas con el propio dedo de Dios, eran el resumen de toda la ley, la síntesis del pacto de Dios con su pueblo. Los parámetros más básicos que guiaban a Israel en el camino de la santidad, para que Jehová fuera revelado a todas las naciones. - **LA VARA DE AARÓN:** la misma vara que se transformó en serpiente delante de faraón (Éxodo 7:8-13), y que floreció y dio almendras después de la rebelión de Coré (Números 16 y 17). En el tiempo de los patriarcas, el cayado representaba la identidad de la persona. Mostraba la liberación del pueblo escogido y la vergüenza de Egipto. Anunciaba además la elección de Aarón como sumo sacerdote, sofocando las rebeliones en medio del desierto y mostrando un ministerio fructífero. - **UN GÓMER DE MANÁ:** el gómer era la porción diaria de maná por persona, aproximadamente 3,6 litros. El maná representaba la provisión de Dios, que permite atravesar dificultades, pero que nunca abandona y sostiene con diestra fiel. La provisión era diaria, de modo que cada día el pueblo debía tener la misma confianza en Dios; es decir, no podían guardar para el día siguiente.
El arca estuvo al frente de la nación todo el tiempo que estuvieron en el desierto, en sus batallas para poseer la tierra prometida, en las fiestas de celebración y adoración, y en otras ocasiones. Al final del período de los Jueces, fue imprudentemente llevada a una batalla contra los filisteos. El pueblo vivía en situación de pecado e impiedad, y necia mente creyeron que el simple hecho de tener el símbolo de la presencia de Dios con ellos los haría vencer frente a sus enemigos. Su necedad fue motivo de gran luto, pues en esa batalla murieron treinta mil israelitas, sus sacerdotes y líderes, y el arca fue tomada por el adversario (1 Samuel 4-6). Dios pesó su mano sobre los filisteos, quienes fueron castigados con plagas, enfermedades, tumores y toda clase de maldiciones. Devolvieron el arca en una carreta tirada por bueyes, que se detuvo en la ciudad de Bet-semes. Después fue enviada a Quiriat-jearim, y quedó en la casa de Abinadab, y su hijo Eleazar fue consagrado para cuidarla.
Ahí llegamos al punto clave de la historia. 1 Crónicas 13 nos cuenta que Abinadab tuvo dos hijos además de Eleazar: Uzá y Ahío. No hay más mención de Abinadab ni de Eleazar, lo que nos lleva a creer que ya habían muerto. Los hijos mencionados podrían ser nietos, o incluso bisnietos, ya que en el Antiguo Testamento se usaba la palabra CASA para indicar familia, y la palabra HIJO para indicar descendiente. Dado que el arca fue llevada a la casa de Abinadab durante el ministerio de Samuel, permaneció allí durante todo el reinado de Saúl y durante el inicio del reinado de David, probablemente permaneció allí entre 40 y 90 años.
Entrando de lleno en la historia, ¿podrías imaginar tener el objeto más sagrado de la nación en la sala de tu casa? ¿El arca, que representa la presencia de Dios, como un mueble con el que convives todos los días? Imagino a Uzá creciendo al lado del arca, viendo la “presencia de Dios” diariamente, acostumbrándose a su gloria… Creemos que su familia era de linaje sacerdotal, que conocía muy bien todas las leyes y el debido trato con el arca. La cuidaron muy bien durante todos esos años. ¿Cuál sería el peligro de acostumbrarse a la gloria de Dios?
**El engaño de David**
Cuando David ya reinaba en Jerusalén, despertó en su corazón el deseo de traer el arca a Jerusalén, capital del reino: ¡una EXCELENTE IDEA! La Palabra nos dice que David consultó a los capitanes de mil y de cien, y consultó a toda la congregación, y les pareció bien traer el arca del SEÑOR. El rey tuvo una idea brillante, y lo mejor, esa idea agradó a todo el pueblo. Todos estaban satisfechos con la idea, pero, ¿cómo estaba Dios?
David reunió a todo el pueblo para celebrar; después de todo, tenían un buen motivo. Puso el arca en una carreta nueva, tirada por bueyes, tal como lo hicieron los filisteos. Cantaban y danzaban, y Uzá y Ahío, hijos de Abinadab, quienes crecieron con el arca, guiaban la carreta.
David, como rey, tenía el deber de guiar al pueblo en el camino de Dios y proyectarlos como nación escogida por Dios, para que todos los pueblos vieran la gloria de Jehová. David no consultó al Señor; por el contrario, consultó a los jefes del pueblo, a la congregación, y logró agradar a todos. Un gran peligro nos acecha cuando comenzamos a querer agradar a las personas más que agradar a Dios: nos arriesgamos a nosotros mismos, y arriesgamos la vida de las personas que amamos. Otro error de David fue hacer lo mismo que hicieron los filisteos. El hecho de que algo haya sucedido de cierta manera en el pasado no significa que deba ser así de nuevo. David conocía la ley y sabía que el arca no podía ser tocada; debía ser cargada sobre los hombros de los sacerdotes, del clan de Coat. No consultó a Dios sobre si debía hacerlo, sobre cuándo debía hacerlo, ni preguntó cómo debía hacerlo. ¡Un error que costó caro!
**La transgresión de Uzá**
Es curioso que Uzá y su hermano guiaran la carreta. Sacerdotes conocedores de la Palabra deberían saber que el arca solo se lleva sobre los hombros. Tal vez seducido por el honor de conducir la gran “arca del pacto” delante de todo el pueblo, Uzá se dejó llevar y quebrantó el primer principio que conocía tan claramente. O tal vez, tomado por el temor al rey, en su plan tan determinado de trasladar el arca, tuvo miedo de confrontarlo con la verdad única y absoluta. Cualquiera que fuera la circunstancia, muestran que Uzá y su hermano dejaron de lado sus principios, eligieron un camino “bonito”, pero que no era el camino de Dios. No se posicionaron, y abrieron puertas a su derrota, ignorando las leyes espirituales más básicas.
Por una casualidad, o por una oportunidad perfecta para enseñarle al rey que llegó a ser llamado “el hombre conforme al corazón de Dios”, en la era de Nacón los bueyes que tiraban la carreta tropezaron, y la magnífica arca estaba a punto de caer al suelo, “profanada vergonzosamente”. Como buen guía, y como alguien que amaba el arca, después de todo creció con ella probablemente toda su vida, Uzá extiende la mano para sostenerla.
Esta es la parte que más me confrontaba. Uzá tuvo la buena intención de extender su mano, de “defender la presencia de Dios”… ¿y por eso Dios se enojó con él, lo hirió y murió?
El rey David se disgustó mucho, tal vez sintiéndose responsable por la muerte del tan celoso “guardián”. El traslado fue interrumpido, y el arca fue llevada a la casa de Obed-edom. David temió al Señor, y reflexionaba sobre el asunto.
Ahí vemos la segunda transgresión de Uzá. Él también sabía que el arca no podía ser tocada (Números 4) bajo ninguna circunstancia. Por eso los sacerdotes la cargaban sobre los hombros, con las varas que pasaban por argollas en sus cuatro esquinas, para que no la tocaran y murieran. Ya había sido advertido, pues conocía la Palabra, pero no la practicó. Independientemente de su buena intención, transgredió un mandamiento de Dios, y fue castigado por ello. Tal vez tan acostumbrado a “vivir con la presencia de Dios”, que no temió tocarla indebidamente, y perdió su vida por eso. Veo una lección tan profunda: Uzá quiso defender a Dios con sus propias manos; pero con el paso de los años aprendí que Dios no necesita defensores, Él es, y no hay quien pueda cambiarlo. Nada que yo pueda hacer o dejar de hacer con mi limitación humana puede afectar la supremacía de su persona.
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Mirando esta intrigante historia, puedo ver varias traducciones para los días de hoy…
El arca del pacto era una sombra de lo que llegó a concretarse en Jesús. El libro de Hebreos nos aclara mucho al respecto. La madera de acacia, nativa del desierto, la única que no se corrompe en medio de ese clima árido, habla de la muerte de Jesús, y su cuerpo, que fue colgado en un madero, pero no sufrió corrupción, pues resucitó. El oro, de la naturaleza divina de Dios y su majestad: totalmente hombre, pero totalmente Dios. El maná, pan que descendió del cielo para alimentar, saciar y salvar de la muerte; Jesús mismo se describe como el Pan vivo que descendió del cielo, que vino a alimentarnos, saciarnos y salvarnos. La vara del primer sacerdote habla de Jesús, que se hizo pecado por nosotros, y cargó toda nuestra inmundicia de una vez por todas, y fue el eterno Rey y Sacerdote (Números 18:1). Muestra además una vara que había muerto, pero volvió a la vida sobrenaturalmente. Las tablas de la ley representan toda la síntesis del primer pacto, de la ley que mostró al hombre su necesidad de ayuda, de un salvador. Dentro estaba la ley, el primer pacto, y encima, en el propiciatorio, se derramaba la sangre del cordero inmaculado, para perdón de pecado, sombra de Jesús, muerto sin fallas y sin faltas; el primero y el segundo pacto juntos, trayendo al hombre delante de la presencia de Dios.
Vemos claramente que el arca era un tipo de Cristo, y todo se cumplió en Jesús. Si hoy “Jesús es nuestra arca”, me pregunto: ¿Jesús ha ido delante de nuestras vidas? ¿Los que nos enfrentan saben que enfrentan a Jesús? ¿Alguna vez hemos tocado indebidamente el arca? ¿Nuestras motivaciones al llevar a Jesús dondequiera que vayamos son correctas? ¿Nos hemos acostumbrado a la presencia de Dios, al punto de dejar de temerla?
Debemos ir detrás de Jesús, y no adelantarnos, e invitarlo “gentilmente” a participar de nuestras vidas. Debemos ver la presencia de Dios como guía, y no como retaguardia. Tenemos que estar seguros de que cualquiera que nos enfrente u ofenda está encarando primeramente al primero y al último, al alfa y al omega. Pero para eso, tenemos que arrepentirnos, y vivir solamente para Él.
Como David, tenemos que rendir nuestro corazón, nuestras voluntades, nuestros sueños por buenos que sean, ante la soberanía de Cristo. Puedo tener buenos planes, pero antes que cualquier persona, antes de cualquier aprobación, antes de agradar a cualquiera, debo agradar a Dios. Aunque parezca insignificante o poco relevante, los menores detalles deben ser sometidos a Dios. Y si las personas están felices, y Dios está descontento, las cosas no van bien, y no pueden durar mucho tiempo. Mantener satisfecho a todo nuestro entorno es agotador y peligroso; muchos pueden salir heridos, y el error puede consumirnos terriblemente. Hacer las cosas como otros las hicieron, o mirar al pasado e intentar imitar, puede sacarme del foco, y ese sentido de abandonar a Dios es lo que nos frustra.
Como Uzá, muchas veces somos llevados en nuestras vidas por la tentación de destacar, de ser reconocidos y elogiados. Los honores públicos parecen tan dulces, y la obra del ministerio tan imponente. La sensación de ser referente puede ser extasiante, pero trae una gran responsabilidad y una pesada carga de tentación. Dejar de lado los principios para conseguir los fines deseados es una antigua y peligrosa artimaña del diablo para derribar a los hijos de Dios. A veces tenemos miedo de confrontar a quienes no están viviendo conforme a la Palabra, más aún si son líderes; sin embargo, si lo aceptamos por cualquier motivo que sea, nos volvemos cómplices del pecado, co-participantes de él. Estamos también susceptibles a acostumbrarnos a lo sobrenatural de Dios. Cuando comenzamos a ver el mover de la poderosa mano divina, y no agradecemos, no alabamos y no nos conmovemos con eso, perdemos el brillo de la mirada, y dejamos de admirar a nuestro sublime Padre, pudiendo volvernos irreverentes y ligeros en nuestra relación con Él. Transgredir un principio o valor bíblico, aunque sea con la mejor de las motivaciones, es incorrecto, y trae consecuencias. Dios no necesita defensores; dejemos el error de Uzá, quien, por hacer lo que consideraba correcto, ignoró la ley absoluta y perfecta que conocía y vivía, y transgredió los mandamientos de Dios, pagando con su propia vida.
No nos dejemos engañar con las atractivas corrientes de este mundo, que dicen que una pequeña mentira aquí, un pequeño pecado allá, son aceptables. Dios es inmutable en todo su carácter, y en sus designios y planes. No hagamos como David, que quiso agradar a las personas más que a Dios, y hacer una linda fiesta, con el pequeño inconveniente de tomar el lugar del personaje principal. Aprendamos de Uzá, que dejó de lado dos grandes principios, olvidó que los valores del reino de Dios son innegociables, y por intentar defender a Dios con lo “mejor” de sí, tocó indebidamente su presencia, y fue llevado por su precipitación.
> “Sé que todo lo que Dios hace será perpetuo; nada se le puede añadir, ni nada se le puede quitar; y lo hace Dios para que delante de él teman los hombres.” > — Eclesiastés 3:14
Tulio Fernandes Morais